Durante décadas, existió un pacto silencioso en las mesas directivas de América Latina: la capacitación se consideraba un «gasto necesario» o, en el mejor de los casos, un «beneficio» para el colaborador. Los reportes anuales de Talento Humano se llenaban de gráficos coloridos que celebraban métricas de vanidad: miles de horas de formación impartidas, tasas de finalización del 98% y encuestas de satisfacción con cinco estrellas.